En este repaso tuve la alegría de conversar con Silvana D’Apice, una de las fundadoras, y escuchar de primera mano que aquello que nació en 1995 sigue siendo hoy un pilar del grupo: “siempre hay lugar para una más”. Todas son bienvenidas, cada una aporta su impronta, y juntas logran que cada integrante se sienta en casa.
Lo que comenzó como una invitación para mamás del Jardín se transformó en algo mucho más profundo: familias enteras se sumaron, formando una hinchada formidable que alentaba cada sábado y en cada torneo. Sabemos que no solo se educa en casa y en las aulas, sino también en la cancha, con el ejemplo y con el esfuerzo de transmitir valores corazonistas a quienes nos miran desde afuera.
Revisar fotos antiguas fue como abrir ventanas al pasado: compañeras de equipo con sus bebés en brazos —que hoy ya son egresados o están por serlo—, risas compartidas y momentos cómplices. Pasaron treinta años, pero el espíritu sigue intacto. La esencia trasciende a las personas; no importa cuándo te sumes ni quiénes estén entrenando: siempre vas a encontrar la misma bienvenida cálida.
Hace tres décadas, un grupo de mamás se acercó al colegio con la simple idea de compartir un rato de hockey, aprender y divertirse juntas. No imaginaron que estaban escribiendo las primeras páginas de una historia que aún continúa. Esa historia también me devuelve a la gratitud: por la misma época yo soñaba con ser escritora y participé de mi primer concurso literario. Impensadamente, este equipo me regaló la oportunidad de defenderlo en la cancha y de convertirme en escritora amateur.
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