Lectura: “«¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «Señor, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado». Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios” (Lc 18, 39-43).
Meditación:
El ciego de Jericó reconoce a Jesús como Hombre (Hijo de David) y como Dios (lo glorificaba, afirmaba o proclamaba su amor y misericordia). El ciego no ve, no sabe cómo… Pero sí despierta su corazón a la esperanza y grita. Llega a Jesús desde su necesidad y angustia; expresa lo que siente a su modo.
Jesús conoce nuestras heridas y nos podría curar sin preguntar nada; pero necesita nuestra colaboración; es preciso que expresemos nuestros deseos o ideales más profundos, para que a su vez preparemos el corazón para recibir el regalo que vamos a recibir.
Como ciegos es preciso pasar de la pasividad del borde del camino, a caminar con Cristo, el Camino. Estamos llamados a comprometer todo nuestro ser: el corazón en la glorificación a Dios, la voluntad para caminar en el seguimiento cercano de Jesús, la inteligencia para que se deje guiar por la fe.
Oración: Señor, aumenta mi fe, que pueda verte y seguirte.
Contemplación:
Me lamento… pero no hago nada… Necesito escuchar lo que me comunicas al corazón.
«Yo Soy el Camino… Ven sígueme… en mi amistad tienes la Luz».
Quiero seguirte, poner mi mirada en Ti.
Acción: Escuchar para empezar a ver.
Hno. Javier Lázaro sc.
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