Lectura: “El joven le dijo: «Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus servidores: «Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos…»” (Lc 15, 21-23).
Meditación:
En esta parábola del Padre misericordioso, el hijo menor no está arrepentido; sólo busca estar cómodo en la casa familiar. Aunque le dice que ha pecado… ahora sólo quiere una relación de criado (no de hijo). El sabernos hijos nos compromete, nos vincula de tal forma que estamos llamados a abrir el corazón para recibir amor.
Además, el ser hijos del Padre, nos llama a vivir la fraternidad, a mirar y recibir a los demás como hermanos, sin competir, con caridad. El Padre desoye los argumentos del hijo y le abre el Corazón, lo introduce en la casa con plenos derechos.
El Padre se ocupa de vestirlo, para que recobre su dignidad de persona (tiene interioridad, los animales van desnudos); le da el anillo con el escudo familiar; le da las sandalias para que camine con libertad (los esclavos van descalzos); hace una fiesta, pues es necesario vivir en la alegría.
Oración: Señor, eres mi Padre, haz que me alcance tu amor.
Contemplación:
El individualismo me aparta de la relación con los otros y con Dios…
«Yo Soy tu Hermano y te llevo al Padre, entra con alegría».
Quiero amar como hijo y hermano…
Acción: Celebrar que soy amado.
Hno. Javier Lázaro sc.
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