No se trata de un enojo pasajero ni de un malentendido. Es una forma sistemática de violencia que implica hostigamiento, humillación o agresión repetida hacia una persona, y se diferencia del maltrato ocasional por su constancia y la intención de dañar.
No debemos confundirnos: la respuesta nunca está en un solo lugar. Nace del odio de quien lo ejerce, pero también de la aceptación silenciosa de quienes lo rodean: es el aplauso mudo de quienes miran y no hacen nada. Nunca tiene que ver con las características de quien lo sufre, sino con una dinámica de poder mal utilizada. Ningún rasgo justifica la burla.
El sufrimiento ajeno nunca debe convertirse en humor. Para que algo sea gracioso, debe haber consentimiento y respeto. Reírse a costa del otro no es divertido;si no hay risa compartida, no es chiste, es puñal.

Hoy, las redes sociales han abierto una nueva dimensión: el ciberbullying. Allí, la violencia se viraliza, la intimidad se expone y se cruzan límites sin medir consecuencias. ¿Vale cualquier cosa por un “like”? ¿Qué enseñamos al respecto?
Los adultos somos faro y espejo. Nuestros hijos observan cómo hablamos, cómo juzgamos, cómo usamos la tecnología… Supervisar no es invadir, es cuidar; no es espiar, es abrazar con la mirada.
No siempre elegimos lo que sucede, pero siempre elegimos qué hacer -qué postura tomar- en cada situación. Podemos frenar una cadena de violencia, intervenir, acompañar o, al menos, no participar y avisar. Porque lo peor no es solo el sufrimiento que genera, sino que nadie se dé cuenta. La huella más dolorosa es la del abandono silencioso.
Es tarea de todos —familias y colegio— que nuestros niños aprendan que ayudar también es un acto de amor, y que infancias sanas y felices se construyen con límites, escucha y una mirada cercana y amorosa.
Equipo de Orientación Escolar
Sigamos reflexionando juntos: https://libresdebullying.wordpress.com/
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