Desde la cuna de Belén

18 diciembre, 2025

En Jardín, la Navidad es una oportunidad privilegiada para volver al centro de nuestra identidad educativa.

Celebramos el nacimiento de Jesús, Dios que se hace Niño, tierno y cercano, para enseñarnos que el amor verdadero comienza en la pequeñez, en la sencillez y en el cuidado del otro. En el Nivel Inicial, este misterio encuentra un terreno especialmente fecundo, porque dialoga profundamente con el mundo de la infancia: el asombro, la confianza y la ternura.

El papa Francisco nos recordaba que “la Navidad es la fiesta del amor de Dios por nosotros”, un amor que se manifiesta en un Dios que elige nacer frágil, necesitado de cuidado. Esta imagen ilumina nuestra tarea cotidiana como educadores, poniendo siempre a la persona en el centro, tal como propone el Ideario Educativo Corazonista.

Los símbolos de la Navidad ocupan un lugar central en el Nivel Inicial, ya que hablan un lenguaje cercano y significativo para los niños, que también reconocen y viven en sus hogares. A través de ellos, la catequesis se vuelve más concreta: son signos visibles que nos ayudan a acercarnos al Misterio.

El árbol de Navidad, tradicionalmente un pino, es símbolo del amor perenne de Dios, siempre vivo y presente. Las esferas, con su historia y sus colores, representan hoy las oraciones que elevamos durante el tiempo de Adviento.

Y en la punta del árbol colocamos una estrella, signo de la fe que ilumina y guía nuestras vidas.

Por su parte, las figuras del pesebre nos ayudan a narrar, de un modo comprensible, el sentido profundo de la Navidad. María y José expresan el amor, el cuidado y la confianza en Dios; el Niño Jesús, centro del pesebre, nos recuerda que Dios se hace pequeño para encontrarse con cada uno; los pastores representan a los sencillos, siempre dispuestos a escuchar y acercarse; los Reyes Magos simbolizan la búsqueda, el camino y el regalo ofrecido con generosidad; los animales y el entorno humilde nos hablan de una creación que acoge y acompaña.

Así, el pesebre se convierte en un verdadero “Evangelio vivo”, que invita a educar el corazón, a reconocer al otro y a vivir la Navidad desde la ternura y el asombro.

En cada salita, el Adviento —tiempo que prepara la Navidad— se vive como otra oportunidad de educar el corazón. De este modo, los símbolos dejan de ser solo decoraciones y se transforman en experiencias que forman el saber ser y el saber convivir.

Que esta Navidad renueve en nuestra comunidad educativa el compromiso con una educación integral, donde el saber se una al saber ser y al saber hacer. Que, al estilo de Jesús Niño, de san Nicolás y como familias y educadores corazonistas, sigamos educando con ternura, esperanza y profunda confianza en cada niño que se nos confía.

¡FELIZ Y SANTA NAVIDAD!