Crecemos en una familia, en vínculos que nos dan sentido de pertenencia y, en general, nos hacen sentir amados. Nos proyectamos hacia adelante para dar vida a otros y permitir que nos ayuden. Somos varones o mujeres; esta condición es dada por Dios y permanece en las distintas etapas del crecimiento: son dos formas sexuadas de percibir y sentir.
Todas estas dimensiones nos muestran la complejidad de la educación afectivo-sexual: física, psicológica, social y espiritual. Somos una unidad; por lo tanto, lo que sucede en un plano repercute en los demás. Lo físico incide en lo emocional; lo social tiene consecuencias en lo íntimo.
Pero no todo es relativo. La persona tiene principios que le son dados y que orientan su libertad hacia su destino final: la felicidad eterna junto al Padre.
Detengámonos en la razón y la voluntad como compañeras de camino del corazón:
1. La inteligencia ilumina la realidad y muestra lo que es bueno o malo según nuestra dignidad. Lo que es natural para un animal puede no serlo para una persona, hija de Dios y llamada a la vida eterna.
2. Es necesario formar la razón para que pueda reflexionar y elegir el bien. Una formación ética nos permite reconocer lo que corresponde a la grandeza de la persona. Hoy, muchas veces, la razón se ve reducida a lo comprobable, olvidando que “hay razones del corazón que la razón no comprende”.
3. Las emociones, aunque no sean cuantificables, nos aportan información interior y con frecuencia influyen en nuestro actuar. Cuando absolutizamos la lógica y descartamos lo que no parece racional, corremos el riesgo de volvernos fríos y calculadores. A esto se suma hoy el uso de la inteligencia artificial: útil en muchos ámbitos, pero que puede generar dependencia y limitar la capacidad de pensar y sentir con libertad.

4. La razón necesita apoyarse en principios y convicciones que orienten las decisiones. No se trata de seguir modas o mayorías. La verdad no se decide por votación: se descubre y se elige. La familia y la escuela, con un ideario coherente, ayudan a formar este criterio.
5. La voluntad se fortalece día a día. Buscar el bien exige esfuerzo y superación. También ayuda a la afectividad, para no dejarnos llevar solo por lo que sentimos cuando sabemos que no conduce al bien. Lo bueno lo es en su origen, en el presente y en sus consecuencias.
6. Una afectividad sin voluntad nos vuelve inestables y, finalmente, nos esclaviza. Muchos desean ser felices, pero no logran sostener hábitos buenos ni un proyecto de vida comprometido.
7. Una sexualidad sin principios ni voluntad queda a merced de las sensaciones. La afectividad necesita un camino y límites para alcanzar la verdadera alegría. Los hábitos que educamos en niños y jóvenes preparan elecciones maduras. Educar el carácter es dar vida: el “no” a tiempo y la exigencia justa son caminos de crecimiento. Pero somos los adultos quienes primero debemos formarnos; el ejemplo ilumina y guía.
8. La dimensión afectivo-sexual nos ayuda a poner el alma en lo que vivimos y define nuestra actitud frente a los demás. Necesita ser educada y también sanada: cultivar el gusto por la belleza, agradecer lo bueno, y trabajar sobre heridas, resentimientos o falsos ideales. Nada queda fuera de la posibilidad de sanar cuando la persona se abre al acompañamiento y a la amistad con Dios.
9. Una afectividad madura permite vivir la sexualidad con equilibrio, según el propio estado de vida. El matrimonio, vivido con orden y entrega, favorece el respeto y la unidad. También la virginidad por el Reino es un don que orienta el corazón hacia Dios y el servicio. Toda relación sin compromiso empobrece y deja vacío.
10. La afectividad y los vínculos que construimos —con nosotros mismos, con los demás y con Dios— nos hacen únicos. Es natural que a veces aparezcan la soledad o la incomprensión. Por eso, la primera amistad es con uno mismo: aceptarnos y valorarnos como Dios nos ha creado. Cada persona tiene un valor infinito y una originalidad irrepetible.
Continuaremos profundizando este tema…
Hno. Javier Lázaro sc
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