Existen distintos puntos de vista y, en consecuencia, también se obtienen resultados diferentes. Necesitamos preguntarnos: ¿de dónde vengo?, ¿quién soy? y ¿cuál es el fin de mi vida?
“Por sus frutos los conocerán”. En algunos casos, el paso del tiempo permite ver las consecuencias: divisiones, depresiones, desamor, dependencias, analfabetismo afectivo… o bien personas felices, realizadas, entregadas, esperanzadas y en continuo crecimiento.
Nuestra calidad de vida depende en gran medida de los pensamientos que alimentamos. Partimos del reconocimiento de la dignidad y grandeza de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y llamada a la plenitud. Con capacidad de ejercer su libertad con responsabilidad, eligiendo siempre la verdad y el bien.
La propuesta ideológica pretende hacernos creer que el individuo es un engranaje social destinado a consumir, bajo una mentalidad hedonista centrada en el momento presente. Se impone la lógica del placer inmediato y de la productividad constante; se nos hace creer que estamos comunicados solo por consumir mensajes en las redes, cuando en realidad se profundiza la soledad y el vacío existencial.
Desde una perspectiva personalista reconocemos que existe un desorden interior que puede conducir al narcisismo y al egoísmo, pero que es posible revertir mediante una educación afectivo-sexual integral orientada a la madurez y a la capacidad de amar y ser amados. Esto implica reconocer distintas dimensiones:
• El valor central de la afectividad, que integra todo nuestro ser y unifica el corazón.
• La condición sexuada, en la diferencia de ser varón o mujer.
• La genitalidad, como posible expresión de entrega entre varón y mujer en el matrimonio.
El cuidado del corazón es esencial desde el nacimiento. Una educación afectiva auténtica nos conduce a una alegría profunda y perdurable. En el corazón se inscriben recuerdos que despiertan gratitud, así como heridas que pueden seguir abiertas o ya haber cicatrizado.
La afectividad se forma y crece en lo cotidiano. Así como el cuerpo necesita alimento y ejercicio, el corazón requiere buenos sentimientos, imágenes enaltecedoras, testimonios de servicio, motivaciones auténticas e ideales de superación.
La sexualidad es un don y también una tarea. Supone esfuerzo y el reconocimiento de que somos amados, aun en medio de nuestras carencias. En lo más genuino de nosotros existe un llamado a amar, al que debemos responder con determinación y totalidad. Cuando postergamos esa respuesta o evitamos el esfuerzo, iniciamos una decadencia interior que nos aleja de la verdadera felicidad.
El crecimiento afectivo no se mide cuantitativamente, pero presenta signos propios de una persona madura:
Continuaremos desarrollando este tema.
Hno. Javier Lázaro sc
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