Además, celebraremos los doscientos años del fallecimiento del Padre Andrés Coindre, una oportunidad para profundizar en la espiritualidad del Corazón de Jesús, la fraternidad y la pedagogía de la confianza.
Todos hemos recibido infinidad de capacidades que estamos llamados a desarrollar y desplegar para realizarnos como personas. Con frecuencia miramos con envidia las posibilidades que tienen otros, pero nos olvidamos del tesoro que poseemos nosotros mismos, porque no lo trabajamos ni lo educamos.
Los valores suelen quedar en el plano emocional; necesitamos llevarlos a la cotidianidad como capacidades de acción, mediante la implicación de la inteligencia y la voluntad. Este proceso supone trabajo, constancia y confianza en que alcanzaremos el fin. Solo entonces recogeremos los frutos de la alegría, la paz y la satisfacción por el bien realizado.
Somos conscientes de que somos personas, y esto implica que nos realizamos en relación con los otros, con nosotros mismos y con Dios. Los tres valores fijados como meta para el año 2026 ayudan a profundizar la amistad, el conocimiento personal y una vida vivida en agradecimiento. Por eso nos proponemos cultivar:
La escucha, como capacidad de vivir el silencio y de recibir al otro tal como es, respetando las diferencias, para tender puentes de encuentro y unidad. La escucha nos ayudará a:
Generar un espacio interior para estar con nosotros mismos.
Reconocer las capacidades personales y agradecerlas.
Reconocer lo valioso de los otros y expresarlo con alegría, sin envidia.
Descubrir la voz de Dios que nos llama a su amistad.
Escapar de la esclavitud del ruido y de las redes sociales.
El esfuerzo, como conquista de la voluntad, realizando cada cosa en el momento oportuno, aprendiendo a postergar nuestros gustos y viviendo la alegría que es fruto del bien. El esfuerzo nos ayudará a:
Ordenar los tiempos para ser eficientes en las tareas y descansar lo necesario.
Cuidar las cosas, dejándolas en el lugar adecuado para encontrarlas con facilidad.
Responder con prontitud a los otros, valorándolos como personas.
Adquirir dominio personal para ser libres a la hora de realizar el bien.
Conquistar virtudes que nos ayuden a vivir en la verdad y la alegría.
La esperanza, vivida como hijos amados de Dios, creados a su imagen y, por tanto, comprometidos a servir a los otros como hermanos. Cultivar la esperanza nos ayudará a:
Superar el desánimo, sabiendo que siempre hay posibilidades de crecer en el bien.
Confiar en la ayuda de Dios, que nos habita y nos ama, para que seamos felices.
Orar para alimentar nuestra relación con Cristo, con quien nos identificamos, pues es nuestro hermano.
Descubrir las cualidades de los demás y confiar en su crecimiento.
Agradecer lo que ya hemos alcanzado, para unificar el pasado, el presente y el futuro.
Hno. Javier Lázaro sc
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