Estamos celebrando los 200 años del fallecimiento del P. Andrés Coindre, quien —impulsado por el Espíritu Santo— respondió a la necesidad de educar a los jóvenes abandonados a su “suerte”. Frente a una sociedad violenta, vio la urgencia de formar comunidades, escuelas donde se vivan relaciones cordiales y fraternas, centradas en el Corazón.
Hoy, una sociedad atravesada por el vértigo de la velocidad en las redes sociales nos ha ido encerrando en nosotros mismos y, en muchísimos casos, ha reducido o incluso eliminado el diálogo entre padres e hijos. Esto profundiza la soledad, nos arrastra al desconocimiento de nosotros mismos y nos lleva a buscar compensaciones que, finalmente, nos dejan vacíos e insatisfechos.
Cada persona es distinta y existe con una originalidad propia, que nos impulsa a salir al encuentro de los demás. En la relación interpersonal nos descubrimos valiosos. En la comunicación con Dios y con los otros comenzamos a conocernos más profundamente. Esto nos conduce a establecer vínculos indisolubles, estables en el matrimonio, fieles a la Alianza y fortalecidos en la unidad.
Los niños y los jóvenes adquieren sus convicciones más profundas —aquellas que les dan seguridad— cuando experimentan relaciones afectivas auténticas, donde ven entrega y sacrificio por el otro. A su vez, esto genera en ellos un modo de comportamiento ético, en el que se descubren valiosos para vivir la verdad, gustar la belleza y luchar por el bien de todos.
En la familia y en el colegio estamos llamados a cultivar una comunicación profunda, donde cada uno se descubra capaz de expresar lo que siente y de escuchar al otro; de entrar en su interioridad y darse a los demás; de aceptarse y buscar la superación; de asumir la contrariedad y lanzarse al futuro con confianza.
Como hijos de Dios, aceptamos que nuestra realidad es inabarcable; por eso, nos dejamos sorprender por el misterio y sentimos que estamos llamados a algo grande, aunque no sepamos cómo. Por ello, procuramos orientar nuestros sentidos adecuadamente para encontrar el sentido de la vida, aquello que está más allá de nosotros mismos, ya que Dios nos ofrece una vocación a la entrega para ser felices.
El tiempo que dedicamos cada día a examinarnos nos ayuda a ser agradecidos. Pero también es tarea cotidiana preguntar a los niños y a los jóvenes que nos cuenten tres cosas buenas que han vivido, tres experiencias positivas con sus compañeros o en su familia. Seguramente también han atravesado alguna frustración… pero les enseñamos a no quedar “tildados” en la dificultad y a encontrar motivaciones para seguir adelante.
La misión de educar comienza por nosotros mismos. Es importante que podamos compartir con nuestros hijos las cosas que nos alegran de nuestro trabajo; esto, sin duda, nos ayudará a dejar de lado la queja y a reconocer que somos bendecidos.
La comunicación se da con palabras, pero sobre todo con gestos y modos de ser. Los niños y los jóvenes se sienten conmovidos cuando nos ven arrodillados en oración, cuando observan que ayudamos a un desconocido, cuando no respondemos a un insulto, cuando acariciamos para sostener y acompañar.
Nuestra identidad se construye en ese diálogo que establecemos con Cristo y en la fraternidad que vivimos con los demás. Nuestras familias y nuestra comunidad educativa están llamadas a ser santuarios de la vida, donde cada detalle cuenta en el cuidado del otro.
Hno. Javier Lázaro sc
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