Lectura: «Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba…”. (Mc 5, 22-24)
Meditación:
Jesús se conmueve, se compadece ante el padre que se echa a sus pies pidiendo que ayude a su hija enferma, adolescente. En el camino a la casa de Jairo, otra mujer le toca el manto y queda curada por su fe y confianza. La presencia de Jesús se hace Vida.
A la niña (aunque ya muerta) la toma de la mano, pero llega a su corazón, descubre su belleza interior, le da un sentido para seguir viviendo y la resucita; a los padres le pide que la den de comer, que profundicen la comunicación. Se da vida en el encuentro, en la mirada cariñosa, en la escucha atenta…
A la mujer la felicita por su fe y al padre le pide que tenga fe; la fe es un don de Dios, pero para que se active necesita ser acogido y correspondido, caminando con confianza en Dios que nos ama.
Oración: Señor, auméntame la fe y lléname con tu presencia.
Contemplación:
Me quedo con mis capacidades humanas e ignoro el don de Dios… nunca llego…
«Yo Soy tu Señor, confía en mí, deja que te comunique mi Vida».
Tócame, hazme sentir tu presencia… habita mi corazón.
Acción: Transmitir con mi presencia confianza.
Hno. Javier Lázaro sc.
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