Lectura: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?” (Mt 5, 44-46).
Meditación:
Jesús parece que nos pide algo imposible, “amar a los enemigos”. Pero es esto lo que nos distingue como hijos de Dios, que es amor y nos cuida a todos. Cuando nos pide desear el bien a los enemigos o persiguen, es por nuestro bien; pues cuando odiamos a alguien o simplemente alimentamos el resentimiento se enferma nuestro corazón y caemos en la tristeza de muerte.
El Padre tiene necesidad de amar a todos sus hijos, pues es padre por la vida que genera; nosotros también somos hermanos de los otros cuando les deseamos el bien y los bendecimos; además hemos heredado el ADN del Padre que es amor; no nos podemos traicionar a nosotros mismos.
Cuando amamos, sanamos la misma herida que nos ha causado el agresor. Y al perdonar damos una nueva oportunidad para que pueda nacer de nuevo. Somos hijos del Padre, nuestra vocación es la fraternidad, para ello es preciso ser humildes.
Oración: Señor, dame el don de perdonar y vivir la fraternidad.
Contemplación:
Alimento resentimiento contra el prójimo y así me hago daño yo mismo.
«Yo Soy el perdón, te pido que bendigas siempre… y así, sanas el corazón».
Quiero perdonar y parecerme a Ti, Jesús.
Acción: Perdonar y bendecir, siempre.
Hno. Javier Lázaro sc.
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