Lectura: “Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mt 6, 3-4)
Meditación:
Con la limosna reconocemos al otro como necesitado y le abrimos el corazón, tratamos de darnos a nosotros mismos, aunque esté simbolizado por el dinero, el alimento, el tiempo… No es tan importante la cantidad; pues Dios mira el corazón. Al dar limosna nos ponemos en el lugar del otro y lo miramos con cariño, le hacemos sentir hermano. No usamos la limosna para acallar la conciencia o para que nos vean.
Siempre acompañamos el gesto de la limosna con una vida sobria en todo sentido, en el comer, en el vestir… Pues nos recuerda que nosotros todo lo esperamos de Dios, nuestro Padre. Por esto, damos con humildad y una sonrisa de solidaridad, haciendo sentir al otro que también es hijo del Padre.
Dios ve lo secreto de nuestro corazón y nos premia según vivamos la caridad. La dificultad es que nosotros no vemos nuestro interior, no entramos, no nos examinamos, caminamos a ciegas. Es preciso despertar, entrar en silencio a nuestra conciencia y dejar que nos hable.
Oración: Señor, enséñame a encontrarme contigo en el corazón.
Contemplación:
Ayudo a los demás para sentirme bien… pero como el fin soy yo, sufro la tristeza.
«Yo Soy tu Hermano, quiero que seas feliz, dame tu corazón».
Quiero vivir para los demás, en fraternidad.
Acción: Darme a quien me necesite.
Hno. Javier Lázaro sc.
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