Lectura: “Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios” (Mc 3, 13-15).
Meditación:
Jesús sube a la montaña, sale de la cotidianidad horizontal, para encontrarse con el Padre. El hecho de subir nos habla de la necesidad de hacer un esfuerzo para entrar en nosotros mismos y encontrarnos con Cristo que habita en nuestro corazón. Con frecuencia quedamos atrapados en el frenesí de hacer cosas y terminamos desconociéndonos a nosotros mismos; pues quedamos esclavos de la productividad, del éxito o la aprobación de los demás.
Cristo nos ha elegido en primer lugar para estar con Él, formar comunidad. Sólo cuando vivimos su amistad, podemos relacionarnos fraternalmente con los otros y usamos las cosas para dar gloria a Dios. Alimentarnos de la Palabra de Dios para llenarnos de su presencia es un como el cordón umbilical…
Nos necesita, por eso, nos envía para anunciar su Reino. Somos los profetas que comunicamos que todos son amados por el Padre y que nos espera en el banquete celestial. El demonio actual es la desesperanza; nosotros llevamos la Luz de que viviremos eternamente.
Oración: Señor, haz que escuche tu llamado y te siga.
Contemplación:
Me he que quedado sordo a tu llamada… me siento solo y desorientado…
«Yo te llamo a formar comunidad y a llevar la Buena Noticia a los pobres».
Quiero seguirte y estar a tu servicio.
Acción: Buscar el encuentro personal con Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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