Lectura: “Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes»” (Jn 20 16-17).
Meditación:
Jesús en muchas ocasiones se presenta como “Yo Soy”; pero ahora aparece resucitado a María Magdalena, reafirmándola, pronunciando su nombre con amor, signo de su amistad. Responde a nuestra búsqueda incansable, saliendo a nuestro encuentro, como Buen Pastor que nos conoce y que recoge los gemidos de nuestro corazón, que anhela su presencia y encuentra en Él la Vida.
María en el encuentro queda transfigurada, encuentra el pleno sentido de su vida; tiene un amor por Quien vivir, es el Maestro. Así se hace dócil, obediente, sierva… Pero Jesús la eleva a la dignidad de hermana, pues nos ha hecho a todos hijos del mismo Padre; formamos un solo Cuerpo.
Como seres humanos, tendemos a poseer y dominar por los sentidos. Pero Jesús nos transfunde su vida divina; une el amor humano y el divino; une lo personal y lo comunitario; nos lleva a un amor sublime, sin dejar de ser humanos, nos infunde el don de la fraternidad.
Oración: Señor, mi alma tiene sed de Ti.
Contemplación:
Acompaño a la Magdalena, y nos sales al encuentro… quedo sorprendido… me conoces.
«Yo pronunció tu nombre, te hago mío… me perteneces».
Quiero ser sólo tuyo y servir a los otros.
Acción: Alegrarme al contemplar al Resucitado.
Hno. Javier Lázaro sc.
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