Lectura: “En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda” (Lc 4, 24-26).
Meditación:
La verdad, aunque sea evidente, no todos están dispuestos a aceptarla. Hay muchos que quieren vivir a su aire y se han fabricado unos criterios a su gusto; pero que están lejos de la verdad de Dios. Éstos normalmente no encuentran el sentido pleno de su vida y terminan en la tristeza.
El profeta es quien habla en nombre de Dios; es su portavoz; pero siempre está abierto: a lo infinito, a lo espiritual, a lo definitivo, a la relación personal con Dios… Pero no lo aceptamos, pues nos gusta tener todo controlado… por eso preferimos quedarnos con nuestra forma de pensar.
Todos somos profetas por el Bautismo, tenemos la misión de anunciar el Reino… pero muchos lo van a rechazar; el Espíritu nos envía a las personas sencillas, a los pobres que todo lo esperan de Dios… por eso no buscamos la cantidad, ni el éxito.
Oración: Señor, soy tu profeta, envíame a anunciar tu Reino.
Contemplación:
Busco lo inmediato, no me dejo sorprender por tu verdad en mi corazón…
«Yo Soy la Verdad, deseo que vivas en la alegría».
Quiero responder a tu llamado y ser dócil al Espíritu.
Acción: Ser profeta de Dios.
Hno. Javier Lázaro sc.
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